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bajo el volcán

El nuevo sendero, pacífico, umbroso, cubierto de rodadas y, a pesar de la sequía, lleno aún de charcas que reflejaban el cielo con esplendor, erraba entre arboledas y setos destruidos que enmarcaban campos indeterminados y ahora era como si fuesen una compañía, una caravana que llevase, para mayor seguridad, un pequeño mundo de amor durante el trayecto. Más temprano el día auguraba ser muy caluroso: pero un sol tibio los calentaba, una suave brisa acariciaba sus rostros, el campo, a ambos lados, les sonreía con engañosa inocencia, un susurro amodorrado surgía de la mañana, las yeguas inclinaban la cabeza, allá estaban los potros, aquí el perro y todo es una maldita mentira, pensó Hugh: rotundamente hemos sucumbido a ella; es como si, en este precios día del año, cuando vuelven los muertos a la vida, ( o por lo menos así lo informaron fuentes fidedignas en el autobús) en ese día de visiones y milagros, por obra de algún destino adverso, nos fuera concedido vislumbrar por una hora lo que nunca ocurrió, lo que nunca podría ser, puesto que la fraternidad ha sido traicionada, la imagen de nuestra felicidad, de aquello que sería mejor pensar que nunca pudo ser. 

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Bajo el volcán

La despedida, pensó. Después de que la humedad y los desperdicios concluyeran su labor, las dos mitades separadas de aquella roca reventada se desmoronarían. Era inevitable. ¿Sería así, en efecto? ¿Acaso no existía algún medio para salva a esa pobre roca, de cuya inmutabilidad nadie, poco antes, se hubiera atrevido a dudar? ¡Ah! ¿Quién hubiera osado imaginarla sino como una sola roca íntegra? Pero aún admitiendo que se hubiese separado, ¿no habría manera -antes de que se produjese la desintegración total- de salvar cuando menos las mitades separadas? no la había. La violencia del fuego que había resquebrajado la roca hasta dividirla, incitaba a la destrucción independiente de cada mitad, anulando la fuerza que pudo haberlas mantenido como unidades. ¡Oh! pero ¿por qué .-merced a qué fantástica taumaturgia geológica- no habrían de soldarse una vez más las partes? Yvonne ansiaba sanr la roca hendida. Era ella misma una de las rocas y anhelaba salvar a la otra, para que ambas pudiesen salvarse. Con un esfuerzo superior a su energía se obligaba a acercárse, vertía sus ruegos, sus lágrimas apasionadas, otorgaba todo su perdón: pero la otra roca permanecí inmutable- Todo eso está muy bien- decía-pero ocurre que es culpa tuya; en cuanto a mí, me propongo desintegrarme cuando mejor me plazca. 

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Attack the Block by Olaf Cuadras