la van a descuartizar

May 10

May 08

[video]

May 07

Apr 30

Apr 29

La señora Dalloway

Clarissa había arrojado una vez un chelín al agua del Serpetine, eso era todo. Pero él se había desprendido de la vida. Ellos seguían viviendo tendría que volver a la fiesta; los salones aún estaban llenos; seguía llegando gente). Ellos se harían viejos. Había una cosa que importaba; una cosa envuelta en parloteo, desfigurada, oscurecida en su propia vida, de la que se prescindía a diario en favor de la corrupción, las mentiras, las vanas conversaciones. El suicida la había conservado. La muerte era desafío. La mUerte era -por parte de personas que sentían la imposibilidad de alcanzar el centro que, místicamente se les escapaba, que vivían una proximidad convertida en lejanía, un éxtasis desvirtuado, que se quedaban solas - un intento de comunicar. Había un abrazo en la muerte.

Pero el joven suicida, ¿había saltado al vacío abrazado a su tesoro? “Si ahora tocara morir, ahora sería el momento más feliz”, se había dicho en una ocasión, bajando, vestida de blanco.  

La señora Dalloway

¿Por qué, pensándolo bien, hacía todo aquello? ¿Por qué buscar el éxito, las cimas, para encontrarse envuelta en fuego? ¡Ojalá la consumiera, de todos modos! ¡Que la redujera a cenizas! ¡Mejor cualquier cosa, mejor blandir la propia antorcha y tirarla al suelo que menguar y desaparecer lentamente…[…]!

La señora Dalloway

El pasado enriquecía, y la experiencia, y haber amado a una o dos personas, y haber adquirido así un poder del que carecían los jóvenes, el poder de cortar con lo sano, de hacer lo que a uno le gustaba, de importarle un comino lo que dijera la gente y de ir y venir sin hacerse demasiadas ilusiones (Dejó el periódico en la mesa y se alejó), lo que, sin embargo (buscó el sombraro y el abrigo), no era del todo cierto en su caso, no aquella noche, porque allí estaba, disponiéndose a ir a una fiesta, a su edad, con el convencicimiento de que iba a sucederle algo, pero ¿qué?

Sentir la belleza por lo menos. No la burda belleza de los ojos. No era belleza pura y simple: Bedford Place desembocando en Russell Square. Era la llínea recta y el vacío, desde luego; la simetría de un corredor, pero era también ventanas iluminadas, un piano, la música de un gramófono; una sensaciónd e placer, de disfrute sin ostentación, pero que de tanto en tantó salía al texterior cuando, a través de una ventana abierta, con las cortinas descorridas, se veía a grupos sentados a la mesa, jóvenes mujeres, criadas desocupadas que miraban hacia la calle, medias puestas a secar sobre los antepechos más altos, un loro, algunas plantes. Fascinante, misterosa, de riqueza infinita, aquella vida. Y  en la gran plaza por donde los taxis corrían y giraban tan deprisa, había parejas sin prisa que coqueteaban, que se abrazaban, bajo la protección de los árboles; resutaba conmovedor; y tan silencioso, tan ausente, que se pasba a su lado discreta, tímidamente, como en presencia de alguna ceremonia sagrada cuya interrupción hubiera sido un sacrilegio. Aquello era interesante. Y así, adelante, hacia el fulgor y el resplandor.