Hay días en que el regreso a la vida es penoso y angustioso. Abandonas el reino de los sueños contra tu voluntad. Nada ha ocurrido, excepto la comprensión de que la realidad más profunda y auténtica pertenece al mundo del inconsciente.
Así, una mañana abrí los ojos involuntariamente, al tiempo que me esforzaba con frenesí por recaer en el estado de felicidad en que el sueño me había envuelto. Me sentía tan afligido de encontrarme despierto, que estaba a punto de llorar. Cerré los ojos e intenté sumergirme de nuevo en el mundo del que me había visto expulsado tan cruelmente. Fue inútil. Probé todos los recursos de que hubiera oído hablar alguna vez, pero no lo conseguí, como tampoco se puede detener una bala en el aire ni devolverla a la recámara vacía de un revólver.
Sin embargo, lo que permanecía era el aura del sueño: en ella me entretuve con voluptuosidad. Algún objetivo profundo se había cumplido, pero, antes de tener tiempo de interpretar su significado, habían borrado la pizarra y me habían lanzado afuera, a un mundo cuya única solución para todo es la muerte.
Solo me quedaban en las manos unos cuantos jirones tangibles y, como las supuestas migajas que recogen los pobres de las mesas de los ricos, me aferré a ellos con avidez, pero las migajas caídas de la mesa del sueño son como los escasos datos de un crimen cuya solución ha de seguir siendo un enigma para siempre. Las imágenes rezumantes que, al despertar, pasamos a hurtadillas por el umbral como un contrabandista místico, tienen la virtud de experimentar las más desconsoladoras transformaciones de ese lado. Se derriten como un helado en un sofocante día de agosto y, sin embargo, mientras se funden en el magma incipiente que es la substancia misma del alma, un nudo confuso del recuerdo mantiene vivo -para siempre, da la impresión- el opaco y aterciopelado contorno de un continuum palpable y sensible en el que se mueven y tienen su realidad, ya que no su ser. ¡La realidad! Lo que abraza, sostiene y exalta la vida. A esa corriente es a la que anhelas regresar para permanecer inmerso en ella para siempre.