Resultaba curioso que, cuando se echaba en el sofá a desahogarse, y partiera del punto del pasado del que partiese, siempre se veía a sí mismo extraño y monstruoso. Condenado, para ser más precisos, era como se sentía. Condenado desde el principio mismo. Una absoluta falta de confianza en su destino. Natural e inevitablemente, había comunicado esa sensación a los demás; de un modo o de otro, se las arreglaba para que su amigo o su amada le fallara o lo traicionase. Los escogía con la misma presciencia que Cristo demostró al elegir a Judas.

¿Qué clase de drama quieres representar?

Kronski deseaba un fracaso brillante, un fracaso tan brillante, que eclipsara el éxito. Parecía querer demostrar al mundo que podía saber y ser tanto como el que más y al mismo tiempo demostrar que era inútil… ser algo o saber algo. Parecía congénitamente incapaz de comprender que en todo hay un significado inherente. Se consumía con el esfuerzo de demostrar que nunca podría haber pruebas finales, nunca consciente por un momento del absurdo de derrotar a la lógica con la lógica. Su actitud me recordaba al Céline joven.