Nieve de Primavera

Kiyoaki, incapaz de ocultar su verdadera naturaleza, estaba indefenso ante el poder de la sociedad para infligirle dolores. Su todavía no despertaba sensualidad yacía latente en él, desvalido como un cachorrito bajo las lluvias de marzo, tiritándole el cuerpo, con los ojos y la nariz azotados por el agua. […]

Su convicción de no tener en la vida otro destino que actuar como irreversible veneno era parte de su carácter de joven de dieciocho años. Había decidido que sus preciosas manos blancas jamás se ensuciarían ni sufrirían callos. Deseaba ser como una bandera en cada ráfaga de viento. Lo único que le parecía válido era vivir para las emociones, morir sólo para resucitar, mermando o subiendo sin dirección ni propósito.

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