A veces cuando estoy despierta por la noche, me pregunto si he vivido. Y me pregunto si le pasa lo mismo a todo el mundo o si hay gente que tiene más talento para vivir que otros. O si hay gente que nunca vive sino que existe y entonces soy presa de la ansiedad. Veo una fea imagen de mí misma. Nunca he crecido. Mi cara y mi cuerpo han envejecido. Estoy acumulando recuerdos y experiencias pero, dentro de todo, ni siquiera he nacido.
Para mí, el hombre es una creación insuperable como un pensamiento incomprensible. Todo existe en el hombre, desde lo mejor a lo peor. Fue creado a la imagen de Dios y todo existe en Dios. Así que el hombre se creó pero también los demonios y los santos, los profetas, los artistas y todos los que se destruyen.
Todo coexiste, crece al mismo tiempo. Grandes diseños que cambian constantemente. ¿Lo entiendes? De la misma forma, debe existir un mundo ilimitado de realidades, no sólo la realidad que percibimos directamente con nuestros sentidos, sino un tumulto de realidades que se arquean hacia adentro y hacia afuera. Sólo el miedo y la sentenciosidad nos encierran. No hay límites. No para nuestros pensamientos. No para nuestras emociones. Es la ansiedad lo que pone los límites, ¿no te parece?
En el movimiento lento de la sonata Hammerklavier de Beethoven debes sentir que vives en un mundo sin límites, en un mundo que nunca podrías explorar o penetrar.



